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ATARAXIA

Viernes, 16 de febrero de 2007

El asesinato

Entró y dió un portazo, le gritó y le gritó esas cosas que uno no debe decir cuando está fuera de sí, incluso son de esas cosas que uno nunca debe decir aunque esté dentro de sí, como cuando se nos sale la cadena de esas formas famosas y memorables que nos hacen sentir que estamos viviendo en una novela mejicana de las tres de la tarde (horario furor para la audiencia novelera si lo hay). Luego su partener le contrarestó con un par de esos insultos que nunca vienen mal para esos momentos en los que uno se da cuenta que si no contesta es totalmente avasallado en la trifulca verbaoide-sentimental dejándole al rival la completa seguridad de que sus insultos son más efectivos que los proferidos por nuestros agentes: nuestra boca y nuestro indómito odio. (boca e indómito odio)
A medida que el nivel de los insultos adquiría mayor y mayor elevación, el nivel de violencia reprimida se iba haciendo más grande a su vez, como una ecuación conyuge-pugilística en la que el primer golpe y el insulto barato son directamente proporcionales entre sí, son el reverso y el anverso de la misma jodida moneda.
Con el correr de la sangre psicológica a raíz del libre e indiscriminado comercio de palabras-hachas-filosas, la defensa de ambos comenzó a bajar, los duros revéses eran cada vez más salvajes, la sangre verbal estaba regada por todo a su alrededor, a tal punto de que casi se resbalan a causa del hemo-líquido desparramado. Quién podría creer que después de tanto tiempo juntos y después de tantas cosas intensas vividas se podrían estar lacerando a carne viva con tanto ensañamiento y goce. Y sí, la vida es así, tiene sus vueltas, tiene esas cosas que uno nunca puede explicarse (y tampoco quiere) pero a su vez no puede vivir sin esas mismas cosas que uno no necesita explicarse. Sin que se dé cuenta tomó un cuchillo y con el mayor sigilo le intentó asentar un golpe seco con ansías de exactitud pulmonar (mientras intentaba recordar las pocas clases de medicina que había tomado para fundir en un cálculo preciso y feroz su crujiente filo de arma blanca con el hálito fugitivo del motor respiratorio adversario), pero a su afortunado blanco la intuición no le falló y pudo prever el golpe esquivándolo con una tremebunda pirueta circense. Ambos ahora concientes de la intención de uno como del otro, comenzaron a danzar al filo de la muerte, buscándose, esquivándose, encontrándose, mesquinándose, soñandose y saboteándose en acrobáticos vuelos con eficaces perfumes mortuorios, desesperados por sangrar el uno en el otro. Luego de tres horas de una fatigante batalla concubina, se entregaron al noble gesto guerrero de dejarse matar por el codiciado otro, por un advesario insostenible a nuestros ojos pero nítidamente admirado, necesitado. Y así al aprovechar el fatal minuto, el fatal descuido de un abrir los ojos, le acertó un golpe que le extrajo la vida de una sola insición, de una sola unción. Dio unos pasos hacia atrás y se dio cuenta del cometido, retrocedió buscando una salida, buscando otra muerte, la que se le tenía asignada y guardada. Se revolcó en el suelo tratando de encontrar esa puerta que se le debía abrir al morir, intentó ver una luz pero solo vió el rostro de la victoria posando en su enemigo insustituible. Había soñado tantas veces con la puerta a la gloria o de la nada, la que había esperado toda su vida religiosamente, y que, ahora, en el momento cúspide de su agonía, se le estaba vedando, pensó que la irónica y recíproca muerte que le había llegado iba a ser la llave a ese camino insospechado, baladí, y se estrujó en una última mirada al mundo que lo había emfermado y curado, y lo último que sus retinas captaron en el remoto fondo fue ese espejo que nos acecha como asecharon a otros, en una realidad banal y troz, insigne y ficcional. Se tendió en la tierra añorando tener raíces para sentir la furia de la tierra adueñandose de su cuerpo, la vida ahora lo estaba abandonando en un lento suspirar en los labios de la muerte, ahora se entregaba a los susurros de la muerte...

Por: AstorBoy | Cuentos | Comentarios (0) | Referencias (0)

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