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Miércoles, 01 de noviembre de 2006
Érase una vez en un tiempo inhóspito y rezagado, que no es otro que el presente, un chango muy problemático y conflictuado que vivía en un lugar muy problematizado y conflictivo que no es otro que este mismo sobre el cual estamos parados (o bien, sentados)
Este muchacho tenía lo que él llamaba un “don” que consistía específicamente en poder explicar con una catarata lexicológica (o sea un gran caudal de palabras que se abalanza sobre uno como un Niágara lexical) cualquier cosa, frase, palabra, dibujo, pintura, obra de arte y/o científica que fuera poco interpretable (es decir: difícil de captar por medio de las competencias de denotación inherentes a nosotros, seres humanos, adquiridas por medio del aprendizaje de la lengua en interacción con otros sujetos con los cuales nos identificamos por rasgos sociales, culturales, ideológicos, etc.)
Bue’ resulta que lo que Emineo Parole (que para su desgracia era el nombre que le había dado su madre) consideraba que era un don, para los demás resultaba definitivamente un embole (o sea una molestia que llevaba transitoriamente a la desesperación que a la vez producía, a medida que se acrecentaba, unas ganas inmensas de someter al sujeto en cuestión a diferentes tipos de torturas con el fin de hacerlo desistir de su actitud)
Lo que pasaba era simplemente que no todas las personas que rodeaban a Emineo estaban dispuestas de ninguna manera a escuchar sus disquisiciones demasiado largas y aburridas acerca de cada palabra que se usaba en una conversación. A los diez minutos de iniciar una conversación con Emineo las personas se aburrían con tanto palabrerío y lo dejaban hablando solo.
Emineo no sabía porque pero a lo largo de su vida se había dado de que las personas están todo el tiempo buscando explicarse cosas pero cuando tenían la oportunidad de descubrir algo o no entendían o se hacían los boludos. Emineo siempre optaba por pensar que no entendían para no desencantarse del todo y no matar su fe en las personas y por eso estaba todo el tiempo tratando de explicar claramente lo que decía, palabra por palabra.
El hecho es que nuestro adorable Emineo había sufrido toda su vida su poca capacidad de síntesis (¿o deberíamos decir su mucha capacidad de explicación?) Desde la adolescencia había sido víctima de muchas discriminaciones y burlas por parte de sus amigos y compañeros. Y en parte tenían razón, pongamos el caso de las chicas. En verdad, ¿a ustedes no les molestaría que el chico que les gusta en vez de decirles “me gustas” o “te quiero” les terminara dando un rodeo perifrástico inmenso? Como le pasó a Emineo con Gaby, la petisa del nacional, que estaba moooooy buena y a la que no se le ocurrió mejor cosa que decirle en el momento del nirvana hormonal adolescente “manifiesto por vos sensaciones diversas que afectan mi psicología y mi cuerpo de manera tal que no puedo controlar los impulsos que me empujan a concretar con vos el acto mediante el cual saciaremos nuestras ansias naturales de juntar nuestros cuerpos en el éxtasis sexual.” Para Gaby hubiese sido lo mismo si le hubiesen arrojado un vaso de agua con hielo y luego de apagado el fuego optó por volver a su casa sin decirle nada a Emineo que quedó perplejo ante la reacción de la petisa.
En el colegio también tuvo muchos problemas. Las profesoras se negaban a tomarle examen oral ya que Emineo se desataba en tal furor terminológico que siempre acababa la hora y la pobre docente no había podido evaluar a nadie más que a él. Incluso en matemática se desbarataba y comenzaba a realizar ecuaciones inútiles o adiciones para justificar las restas o teoremas y regla-de-tre-simple que no le servían para nada pero que él aplicaba con esmero, a lo que el profesor terminaba diciéndole a mitad de su exposición “bue’, vaya nomás Parole, tiene diez”
Emineo, interrumpido, contestaba con entusiasmo:
-Pero… profe… todavía no terminé… o sea todavía no he logrado realizar una exposición detallada de todos los conocimientos que poseo acerca de la disciplina que usted, docto matemático, nos enseña y que yo aprendo con…
-Buenobuenobueno… no importa, siéntese nomás- replicaba el profesor y para terminar de correrlo agregaba con voz fuerte- ¡Soria, adelante!
Como en la escuela todo el mundo lo apreciaba pero ninguno quería conversar con él, Emineo buscaba otros medios para conocer gente. Una opción que había encontrado y en un principio le resultaba agradable era la del chat, pero cuando la gente de los distintos canales de chat lo conocieron a la segunda vez ya le negaban la entrada en las salas, excusándose en que Emineo dificultaba la comunicación. Más o menos el mismo problema había tenido con los mensajes de texto del celular, al principio todo bien pero después nadie le contestaba sus mensajes kilométricos y demasiado específicos.
Era muy paradójico para él tener tantos problemas para comunicarse con la gente habiendo desarrollado a lo largo de su vida tantas capacidades para expresar clara, exacta y concisamente una cosa relacionada a cualquier materia o doctrina, artística o científica dando a conocer en el discurrir preciso y detallado las posibles causas y motivos a la vez que exponía explícitamente lo que él pensaba.
Si hasta en su casa tenía problemas para hacer saber a las personas de su familia lo que le pasaba, o para hacerlos partícipes de una u otra forma de lo que pensaba o sentía. Imagínense una escena en la vida cotidiana de Emineo:
-¡Emi! ¿Vas a comer milanesas?- Decía su madre a la hora del almuerzo. A lo que Emineo respondía:
-No ma’ gracias... prefiero fideos con salsa, o sea, esas largas extensiones de masa uniforme de harina, huevo y sal recortadas con precisión, cocinadas a fuego medio durante veinte minutos y acompañadas por una sustancia derivada del tomate...
-¡Bueno, basta! Ahí tenés tus fideos dejate de joder...
estos momentos a Emineo lo entristecían porque no lograba comprender la desesperación que provocaba en la gente cuando intentaba aclararles el panorama de la vida y de las cosas que para él no eran ni tan simples ni tan únicas como las palabras comunes y silvestres que usaban los demás, al contrario la realidad le resultaba harto compleja y difícil de categorizar por medio de pocas palabras.
Cuando consiguió trabajo las cosas siguieron igual. Trabajaba en una empresa que realizaba cortes y reconexiones de luz eléctrica. Los clientes se pasaban toda la siesta tratando de comprender la explicación de Emineo sobre porqué les cortaban el suministro, mientras el verborrágico operario intentaba explicar de la manera más clara (que por supuesto era la más extensa) la razón de su proceder. Y ni qué hablar de cuando debía hacer un resumen a los encargados de todos los cortes y de todas las charlas con los clientes.
Estaba ya resignado a tener que reprimir siempre sus ganas de hablar y de explicar, y limitarse a responder a las preguntas de la gente con esas palabras secas y escuetas que tan poco le agradaban pero que eran muy comunes entre los demás. Hasta que un día le sucedió algo muy raro que le ayudaría a mantener las esperanzas en su lenguaje.
Una noche de lluvia caminando por las calles iluminadas por los carteles del centro, pensando en su soledad y con muchas ganas de hablar, se detuvo en la parada del 18 y de repente una voz suave y cálida le dijo con la típica intención comenzar una charla:
-¡Qué tiempo de mierda! ¿no?
Él, sorprendido por el comentario insólito en la noche de mayo intentó una respuesta pequeña, pero por supuesto no le salió y dijo:
-Si, de verdad, estas precipitaciones otoñales resultan demasiado persistentes y paulatinamente aumentan la humedad del ambiente, por lo tanto la presión atmosférica produce un desequilibrio anímico que conlleva a la desestabilización de los sentimientos que provoca...
- Una melancolía húmeda.- Lo interrumpió ella, y Emineo se vio sorprendido ante la respuesta de su interlocutora.
- Si, si, eso mismo...- y prosiguió tratando de hilar palabras que a esa altura eran innecesarias.- Por suerte están estos árboles que nos brindan el refugio necesario para no mojarnos con su frondosa copa que ofrecen a todos...
- Una tibieza fresca...querés decir...- replicó ella.
- Exacto- dijo él con felicidad- pero de donde sacás esas palabras.
- No sé... me salen...que se yo...
- ¿Querés caminar?- dijo él con atrevimiento.
- Dale, y seguimos hablando.-respondió ella con interés.
Desde ese preciso instante las cosas fueron variando para Emineo: Las que antes fueran construcciones elevadas con rasgos góticos de ventanas altas y panópticos elevados, con arabescos tenues y filosos que se desenvolvían en el espacio desafiando las utilidades prácticas que les dieron origen se convirtieron en “casitas con alardes de castillos” por el efecto simplificador de Susana (que ese era el nombre de la minita)
El lenguaje entre ellos se convirtió en una especie de juego que los atraía hasta el apasionamiento. La lluvia dejó de ser para Emineo una manifestación de la naturaleza que desgranaba los componentes líquidos del agua en moléculas gaseosas que luego se desharían en pequeñas gotas de lluvia retomando así su forma original y pasarían a ser “lágrimas sutiles que elogian la tristeza” gracias a la bendición fraseológica de Susana. Los semáforos fueron trocándose en tuquitos de colores y los autos en armadillos con ojos luminosos.
Susana sentía que Emineo le hacía brotar con delicadeza aquellas palabras que tanto le gustaban y que motivaban en él tanta confusión y tanto encantamiento.
Él sorprendido por primera vez en su vida, más que nada inundado por esa catarata lexicólogica llena de colores y de olores nuevos para él, siguió caminando con Susana, desarmando su realidad en diversos matices semánticos que lo empujaron a decirle con ardor a Susana.
- ¿Sabés qué siento en este momento? Siento algo así como un bloqueo en el pecho que me impide encontrar las palabras precisas y necesarias para...
- Si... ya se que es...- lo interrumpió Susana
- ¿ Y cómo lo llamarías vos?
- No se una sorpresa al corazón, una mariposa pectoral, que se yo...Yo tampoco tengo palabras.
- Bueno, espero que sea mejor así...
FIN
Por: WestBoy | Cuentos | Comentarios (0) | Referencias (0)