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Domingo, 06 de agosto de 2006
Calidoscópicas visiones seguramente naufragaban en su sesera. Sesiones incesantes, nubarrones marrones de divagaciones se apelmazaban confundiéndose dentro suyo. Ya no apreciaba la verosimilitud real de la similitud de la realidad, se le fugaban, se le derramaban en el espacio todas las pistas puestas por el Numen. La nada le arañaba la cara, la nada toda nihilista le nadaba mansa entre sus ojos. Donde? Cuando? Eran preguntontas que solo merecían bolurespuestas. Solo le azotaba la azotea un solo re-cuerdo, el de la bolufrase grandiosa, F-A-B-U-L-O-S-A, requetarchielevada bolufrase que mandaba: “Baldomero, bébame baldosas Baldomero, baldosas bébame” De allí, el desvalijarse frenético de su sesera hasta el décimo cielo celeste. Trató al trabajo como si mimara mamacitas mañosas, robaba baldosas Baldomero desgastando suelas sueltas, fatigando pisos. Lisos los dejaba Baldomero. Y cuando le tajeaba la mañana los párpados pardos, Baldomero babeaba baldosas bastardas, las espiaba, las acariciaba con la mirada, deseaba beber las baldosas Baldomero. Pero solo cuando se vaciaba la luz y la nocturna noche le dejaba oscuro, Baldomero bebía baldosas acompañado de pico, palo y pelo. Se deslizaba Baldomero con baldosas en sus manos cuando se transformaba en sombra. Que frescoridad, pensaba pensar Baldomero, que degeneramiento las viejas cuando le veían pasar. El vicio vacio dejaba las calles.
Pero no, el genio gime generando gigantescas guasedades, el loco coloca lo que quiere cuando el objetivo no objeta variedades. Así, Baldomero ya no bebía baldosas, ahora cazaba casas, hechas y derechas las casas cansadas se rendían ante el poder baldomeril del hurto, huertas, puertas y pórticos, ventanas y clavos, clavijas y clavicordios. Lo que la casa abrigaba Baldomero afanaba con sombrero, cuando sombreaba su sombra las viviendas a-boldeseadas. Casaba construcciones, sin instrucción se introducía contracturándose y deconstruia, arremetía contra la estructura, desaparecían las arquitecturas, todo era teñido con la invisibilidad. Mundos maniataba, marejadas mareadas de cosas se amontocochinaban quien sabe donde.
Así, el sucio Baldomero suicidaba ciudades. De a poco las raptaba, las bebía, las movía escondiéndolas de los demás. Preponderantes propiedades proponía como propias. Las desaparecía, y desesperados sus habitantes sin habitaciones habitaban mundos inhabitables, sin paredes ni puertas, sin techos ni tachos, sin bellas llaves ni sillones chillones. El gentío gemía las genialidades generadas que tanto les perjudicaban.
Pero el tiempo también temió a Baldomero. Le dejó dejándose en algún lugar lejano, alejándose de los habitantes sin habitaciones. Cargó baldosas y restos de ciudades, su sombrero y sombra.
Ahora, acampa en el campo acompañado de campanadas de catedrales vacías, de babilonias baldosadas y de viviendas moribundas.
De repente, un día, didascálicamente diciendo, Ricardo Baldomero del Río se rie, relámpagos rapidísimos le repiten: “Reite Ricardo” y Ricardo Baldomero del Río solo se ríe repetidamente mientras razona raptarse algún río, río rufián que repta ronroneando… rozando su razón.
Por: Jerek | Cuentos | Comentarios (0) | Referencias (0)