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Lunes, 15 de mayo de 2006
El invierno se le metía por todos lados, a pesar de que su precioso vestido la cubría perfectamente. El crudo frío palpaba su piel, recorría su rostro, se deslizaba por su cuello y lentamente caía paciente hasta sus senos, senos pequeños pero suficientes para ser amados. Sus pezones nada resistían al frío, ni siquiera con la dureza de su juventud, rectos y suaves rozaban la tela de su vestido, ese precioso vestido verde comprado por su madre para la ocasión. El vientre blanco e indómito armoniosamente daba lugar a unas caderas simétricas, hermosas, que cuando caminaban contoneaban unos muslos provocativos.
Todo su cuerpo invadido por finísimas agujas heladas que a pesar de sus lentos esfuerzos llegaban hasta su pelvis, donde el calor del futuro placer se había escapado intacto, todo su centro cubierto y protegido por bellos suaves y oscuros que no habían sido invadidos por miembros salvajes, solo por delicados dedos curiosos e instintivos que dictaban movimientos que siempre estuvieron allí.
Toda ella era el oscuro frío, todo el diamante de su cuerpo penetrada por un invierno eterno; tan muerta y tan intacta se fue que hasta los grotescos gusanos de la muerte se negaron a invadirla.
Por: Jerek | Cuentos | Comentarios (1) | Referencias (0)
Ahora que lo releo creo que en realidad solo el último párrafo sirve, el cuento entero trendría que ser el último párrafo nada más. Los dos primeros solo calman fantasmas que a mi solamente pertenecen.
Jerek | 15-05-2006 22:20:33