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Lunes, 10 de octubre de 2005
para Alejandro Strukov, un vecino amable
Encontrando las letras adecuadas para comprar una respetable intriga, me atrevo a relatar un cuento saludable como el páf. Dicen las malas voces que esta historia podría ser mentira, o peor, una ficción sin precedentes. Como apreciarán los lectores creyentes, nunca pudo ser de otra manera, y los testigos son innecesarios cuando la verdad no se disimula.
Dice así...
El barrio Piedrabuena es como su nombre, y los que viven allí son personas inocentes y dóciles. Dicen que entre vecinos se dan azúcar y cuando ven un perro en la calle, le charlan y rascan la pancita asoleada; dicen también que las mujeres niñas del barrio suelen cantar dos veces al día, y todavía remontan volantines con formas y colores únicos. Pero no hay que creer todo lo que se dice por ahí.
La gente del barrio es muy cotidiana, y cierta vez, el macetón del Parque 9 de Julio fue removido por las autoridades: se alegaron mares de razones y hasta una campaña proselitista para anunciar la medida. Desde el sur llegaron ómnibus con gente que por voluntad propia, se sumó al festejo. Todo fue muy tierno y singular.
Pero nadie imaginó, las autoridades no están facultadas para prevenir o proyectar un futuro coherente; sin el macetón el Piedrabuena se transformó en un barrio imposible: sin entradas ni salidas ni caminos que lleven a casa.
El drama comenzó temprano a la mañana...
Los niños salieron rumbo a la escuela: tomaron leche caliente y tostadas con manteca, y subieron a sus colectivos y pagaron su boleto con el abono adelantado. Después de estudiar la gramática necesaria para el profesor Magoya y analizar simpáticas oraciones sobre la vida de un tal Benedicto, acumularon todas las ganas de regresar a su casa, a sus patios y a su barrio.
La línea de colectivos 17 fue recogiéndolos de las paradas, de las filas detrás de los postes escritos con liquid paper (son cartelitos del amor que siente Paty contra El Eunuco, por ejemplo) y ellos se fueron sentando y acomodando siempre al fondo, como Dios y el chofer mandan.
Y fue buscar desde las ventanillas el macetón donde bajar, el memorioso macetón con su planta verde sobreviviendo que marca como con filo el fin del viaje. Y apoyaron sus manitas y sus caritas como los que se van para siempre, y tristes lágrimas silenciosas y honorables se desbarrancaban de sus ojos apagados. Una y otra vez el 17 da vueltas y vueltas y cada dos horas y media puede verse en el lado derecho del coche unos rostros desolados que no se atreven a bajar hasta ver el macetón familiar y peregrino.
Las amas de casa salieron a buscar las verduras de las ensaladas y los pasteles, la carne mediana y algunos huevos amorosos. Ellas eligen tocando la mercadería bajo el ojo avizor del verdulero que le molesta, pero las deja porque sabe que son del Piedrabuena y son como el nombre del barrio. Estas hermanas mayores, tías, mamis y abuelas no regatean el precio; el crédito es merecido, y siempre vuelven con una sonrisa y bolsas tejidas llenas de almuerzos y cenas.
Agotadas, tomaron un taxi que pagaban entre varias. Y quisieron regresar al hogar a cocinar el arroz con besos y los tiernos huevos. Sus corazones anhelan la tabla de madera y la cocina compañera que las conmueve y les dilata la esperanza de un mundo mejor. Pero el desastre se cae sobre sus hombros y sobre sus ruleros, esta noche la caravana de taxis marcan una tarifa infinita, y cientos de mujeres a bordo de ellos se preguntan angustiadas dónde está el macetón, para poder girar y llegar a sus cocinas que se vencen las sardinas.
Un problema no menor vivieron los varones del barrio, que salieron en sus motos y sus bicis y sus autos usados para trabajar detrás de mostradores y debajo de jefes. A la vuelta cargaron gas en la estación, y buscaron el macetón donde suelen poner el guiño para entrar al barrio. Hombres austeros y poco ambiciosos deambulan por las avenidas aledañas, por los recovecos del Parque y a veces detienen la marcha; bajan y buscan, otean para el norte y para el sur y sólo hallan un vacío que despierta en la memoria el recuerdo de un regreso mejor. Hace días que muchos autos recorren la avenida Gobernador del Campo buscando un macetón solidario que los ayude a encontrar el camino a casa. Muchos se dieron por vencidos y esperando la muerte también esperan el retorno del inasible macetón.
Algunos se arriesgan y entran al barrio por otras calles, pero un camino siniestro los deposita de nuevo en alguna plazoleta lejana, y comprenden que sin el macetón nunca llegarán a tiempo para ver la novela en sus sillones después de sus cenas livianas.
Otros, resignados, hablan por teléfono con los de adentro (prisioneros de su propia prudencia), y les advierten sobre las flechas y carteles que engañan y nunca conducen a las casas del barrio. Es así como hoy viven los vecinos del Piedrabuena.
Alarmadas las autoridades porque tuvieron miedo de nuevos asentamientos inesperados (pensaron que podrían ser nuevos villeros) decidieron colocar otra vez el macetón: aliviadas las amas de casa por el vencimiento de sus salchichas, volvieron a cocinar sus guisos con amor y cada primero de mes se las ve juntando los pocos pesos que sobran para pagar aquella vieja y mágica tarifa.
Los chicos que vuelven de la escuela bajan del 17 y corren porque tienen miedo de que alguna vez el macetón vuelva a desaparecer, y queden perdidos para siempre en el recorrido de una línea urbana que nunca los deja a salvo.
Y los hombres, al final, se atreven a descansar a medio camino y tomar un café con vecinos que encuentran en la estación de gas. A veces charlan de encuentros extraños por calles temidas y respetadas, mágicas; pero pronto bajan la voz cuando un pequeño se acerca. Volverán a casa a ver la novela sentados en sus sillones para gatos y reirán otra vez ante la luz perversa de la tele y la tontería.
Esta historia no es confidencial, y yo sólo soy gran aprendiz de pintor.
Por: Jerek | Especiales | Comentarios (0) | Referencias (0)